SANTA CRUZ
Con el lema de “La Palabra, luz de los Pueblos”, la Jornada Mundial de las Misiones (Domund 2009) que hoy celebramos en la Iglesia pretende promover en las comunidades cristianas el ejercicio de la caridad como “el alma de toda actividad misionera” (Benedicto XVI), implicar a todos los miembros de la Iglesia en la oración, el sacrificio y la cooperación económica por las misiones, y presentar la Palabra como luz de los pueblos, siguiendo la orientación del último Sínodo de obispos en Roma (en Octubre de 2008). De este modo se quiere dinamizar el espíritu evangelizador y el compromiso misionero de toda persona cristiana.
Pero sobre todo es un día especial para agradecer a Dios la ingente actividad evangelizadora de la Iglesia en el mundo, desarrollada particularmente por todos los misioneros y misioneras, laicos, religiosos y sacerdotes, que dedican por entero su vida a la misma causa de Jesús, trabajando con la fuerza del Espíritu especialmente en los países pobres y en lugares recónditos de la tierra. Ellos son el testimonio más patente de la dimensión misionera de todo cristiano, que desde el bautismo se convierte en testigo comprometido de la fe y del amor de Dios. Por eso en Latinoamérica se recuerda que todos los bautizados hemos sido “convocados para la misión permanente”. Sin embargo, las situaciones sociales y políticas y las circunstancias generalmente adversas en que se desarrolla la acción misionera específica en las regiones sumidas en la miseria atroz de la pobreza, pueden suscitar hoy la toma de conciencia y de compromiso personal ante los graves problemas que afectan a nuestro mundo así como la solidaridad y el apoyo, espiritual y material, a los misioneros, de parte de las gentes de buen corazón que viven en las sociedades del bienestar económico.
Esta semana ha sido también la de la movilización contra la pobreza en el mundo. Y ha terminado con grandes manifestaciones en muchas ciudades españolas, que mostraban el alto nivel de concienciación social respecto al problema fundamental de nuestro mundo: la pobreza alarmante y de carácter estructural que genera muerte por doquier como consecuencia de la injusticia y del reparto desigual de la riqueza y de los recursos del planeta. Los datos de esa pobreza siguen siendo escalofriantes: casi mil millones de pobres padecen desnutrición profunda, unos millones de personas sobreviven con menos de un dólar diario, cada día mueren miles de niños como consecuencia del hambre. Bastaría que se redujese un poco el presupuesto de armamento en cada país para erradicar la pobreza del mundo, pues éste era el primero de los buenos propósitos formulados por los jefes de gobierno del mundo en el año 2000.
La palabra que el Evangelio de hoy (Mc 10,35-45) proclama como luz para los pueblos es realmente sorprendente, pues Jesús vuelve a reiterar la enseñanza capital de su mensaje: el que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos. Ésta es la instrucción que enmarca las directrices de la misión de los discípulos. Como había dicho en Mc 9,35, ahora, ante la incomprensión absoluta por parte de los discípulos Santiago y Juan, Jesús da una palabra de luz que él mismo representa. Él se presenta como el Hombre, servidor de todos, que da la vida en rescate por todos. Y por eso insta a sus discípulos a que cambien de mentalidad y de criterios. En el evangelio Jesús crítica la actitud de los que gobiernan como déspotas y opresores y enseña a sus discípulos que la actitud que conduce al Reino de Dios y su justicia es la de ser servidores de los otros y particularmente de los últimos. Este Evangelio del servicio a los últimos, es decir, a los millones de pobres del mundo, frente a cualquier aspiración de dominio y de poder, es el mensaje de Jesús que la Iglesia anuncia hoy como palabra capaz de transformar el mundo, como luz en medio de esta crisis y de todas las crisis. Frente a la dinámica del sistema de tiranía y explotación de las gentes por parte de los dirigentes y magnates del mundo, Jesús aporta la luz de la esperanza para todos los pueblos y particularmente para los últimos: El servicio a los demás, como actuación permanente, y la entrega de la vida, como horizonte ideal, constituyen el camino de liberación de la humanidad. En los misioneros de la Iglesia esa misma palabra se hace carne viva y todos ellos, sin escatimar sacrificio ni entrega, siguen transmitiendo consuelo y esperanza a los más pobres de la tierra. En el día del Domund la Iglesia pide todo tipo de apoyo para sus misioneros y sus proyectos.
José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura Informó Radio Betania FM , 93.9.